martes, 22 de julio de 2014

HISTORIAS, CUENTOS Y LEYENDAS - PAPOSO


NARRACIONES DE ALUMNOS DE LA ESCUELA G - 107 "PARANAL" DE PAPOSO

EL ANDARIVEL DEL GRINCO LOCO
           
Guido Gutiérrez C. Tercer Año – Escuela “Paranal” de Paposo.


         Según cuenta la historia a fines del siglo pasado vivía en Paposo un alemán de apellido Miller, el que se propuso construir un gran andarivel para el traslado de materiales por la quebrada Yumbes.El material era extraído de las minas Reventón, Montecristo y Abundancia. Sin embargo, este gran sueño le significó a este señor una gran pérdida de dinero e incluso perdió a su familia, debido al tiempo que dedicaba a su proyecto. Fue un rotundo fracaso; el día que más anhelaba que llegara fue el más triste de su vida. El andarivel no soportó el volumen de los pesados minerales y se desplomó por completo. Al ver que su sueño se convertía en un rotundo fracaso, tomó un revólver y se voló los sesos. En la actualidad, cuando se aproxima esta fecha, majaderos y pastores de cabras aseguran haber escuchado los ruidos infernales de la construcción, seguidos por un fuerte impacto de bala, en el mismo lugar donde el gringo puso fin a su vida y a sus sueños.

 
 


 


LA COLORADA

Marcela Castillo C. Cuarto Año – Escuela “Paranal” de Paposo.


        Al norte de Paposo se encuentra una caleta llamada “La Colorada”. Según cuentan antiguos pescadores del litoral, su nombre se debe a que hace muchos años se aparecía allí una hermosa sirena  que tenía el pelo largo y “colorado”. Actualmente algunos pescadores la han visto en días que se encuentran completamente nublados.

        Este es el origen de la caleta “La Colorada”. Lugar muy propicio para la pesca y para acampar, porque es muy abrigado.


 


               LA ISLA ENCANTADA

Jonathan Castillo G. Sexto Año – Escuela “Paranal” de Paposo.


          Un día cualquiera salió a pescar mi abuelo Talo, él era el coyotero de mi pueblo, pero ese día salió para acompañar a mi padre. Salieron como a las cinco de la mañana en busca de la preciada albacora. Estaban en eso cuando se les apareció un tiburón gigante; era tan grande que dio vuelta el falucho donde andaban pescando. Así es que los dos empezaron a nadar desesperadamente, cuando llegaron a una isla cercana el tiburón empezó a rayar la isla. Ellos no sabían qué hacer, cuando de repente vieron una luz muy brillante sobre la isla, quedaron tan impresionados que casi se desmayaron y cuando miraron, el tiburón no estaba, había desaparecido. Al amanecer llegaron los demás pescadores a resaltarlos y cuando ellos les contaron lo que habían visto, los hombres se quedaron con la boca abierta y les contaron la historia de la isla encantada, que cuando llega la Semana Santa la isla se ilumina totalmente, con colores brillantes.



 


HIJOS DE PESCADORES

Jafet Rojas P. Cuarto Año - Escuela “Paranal” de Paposo.


Hace muchos años que se escucha en Paposo, en las noches de luna llena, gritos y sollozos de niños de pescadores. Ellos siempre sueñan con el mar, su gente, con el rugir de las olas, con el ruido de los motores de los botes surcando las grandes marejadas y las contemplan entre encantado y asustado porque algo puede pasar.

¡Despierta, despierta Jafet que la mar está tranquila! Gritaba su mamá. Escucha, se oye el rugir de los lobos marinos, se oye el cantar de las gaviotas. ¡Ya llegan del mar los pescadores, todos con su carga de erizos! Y llevan a un tiburón dormido, mientras su alma navegaba en el mar. No tengas miedo, nada le va a pasar a tu padre. Se dice que siempre se oye gritar a las madres de los hijos de los pescadores: ¡Despierta, despierta hijo!, a tu padre nada le va a pasar.



 

LA ISLA DE PAPOSO



LA ISLA DE PAPOSO

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto” (Domingo Gómez Parra)


          Las leyendas nacen de las historias verdaderas que la gente decide perpetuar en la memoria colectiva de un pueblo, contándolas de generación en generación, agregándoles algo, quitándoles algo… Pero las leyendas nacen de historias verdaderas, o de visiones que tiene, a veces la gente, y que son tan fuertes, tan vividas, que se consideran verdaderas.

         Al iniciar el último siglo del milenio que se va, vecinos paposinos tuvieron una visión, de la cual surgió la leyenda que hoy compartimos.

        A principios de la primavera, cuando después de las fiestas dieciocheras, el húmedo frío costero comienza a batirse en retirada y los faldeos costeros muestran sectores de hermosas y leales flores, cuando los pájaros revolotean en la orilla del mar, regresando desde el desierto cálido para hundirse en las aguas  de azul profundo buscando el pejerrey, el tomoyo, la pescada… Fue en ese entonces, cuando pescadores paposinos vieron unas bellas sirenas que, al ritmo de un hermoso y sincronizado estilo, rodeaban la pequeña isla de la caleta, mostrando en todo su esplendor su juvenil y femenina belleza.

         En la isla se podía observar un grupo de personajes que, vestidos como en la época colonial, paseaban en sus hermosos coches y carrozas arrastrados por caballos. Ellos llegaban hasta la proximidad de la marea, para bajar de sus vehículos y acercarse hasta donde rompían las olas. Allí llamaban con voces varoniles y enamorados a las sirenas, éstas les extendían sus brazos para que sus enamorados las ayudaran a salir de la mar.

         Eso cuentan los viejos paposinos y aseguran que así se lo contaron sus abuelos.

         Sonia decía que no podía asegurar si aquello ocurrió o no, si era verdad o no; tampoco podía aseverar si los caballeros llegaron a alcanzar a sus hermosas sirenas. Creo, decía Sonia, que para asegurarse de lo que pasó, uno tiene que ir a Paposo y colocarse frente a la isla, una noche tranquila de luna llena, a principios de primavera.











LA TIERRA DEL MORO


LA TIERRA DEL MORO

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto” (Domingo Gómez Parra)


           En la época colonial, pese a existir un repartimiento de tierras y una encomienda que entregaban el territorio a un oficial español y también lo encargaban la misión de enseñar las normas y liturgias del catolicismo a los changos, el litoral era tan pobre que todos, la administración española y los particulares autorizados, demostraban escaso interés por estas comarcas y sus escasos pobladores.

           Sin embargo, un extranjero llegó hasta ellas, entusiasmado por la dura belleza del paraje y viendo la posibilidad de aprovecharse de la ignorancia de los changos. Así, les señaló que él era el propietario de esas tierras y el encargado de “civilizarlos”. Poco entendieron los changos, habituados a caminar por cualquier tierra y navegar por todo el mar, sin ocurrírsele que pudiese tener otro dueño que no fuesen los dioses que los crearon ni otro destino que servir a hombres y mujeres. ¿Cobrar, pagar, dueño?. ¿qué era eso?

           Escuchar al forastero y seguir viviendo igual que siempre fue algo simultáneo, natural, para los changos. Pero el extranjero se lo tomó en serio y comenzó a hacerlos trabajar violentamente, sin respetarlos como persona. Era un gran tirano que los golpeaba, casi no les daba comida y los alejaba de sus prácticas cotidianas.

           De cristiano no tenía nada el forastero, decían que ni siquiera era bautizado, por eso los changos le llamaban “El Moro”.

           Poco tiempo duró esta situación. Cansados con los abusos, los pobladores del litoral decidieron sacudirse de su yugo y regresar a su vida normal. Para ello, era necesario hacer justicia y castigar al tirano. Así, decidieron darle muerte y ocultar su cadáver en un lugar próximo a la playa, para luego abandonar el lugar.

           Dicen que así lo hicieron, con calma y sin grandes bullas, como eran los changos, ajusticiaron al moro y lo enterraron con las riquezas que habían logrado acumular. Cuando con el tiempo, llegaron otros extranjeros, preguntaron a los changos por qué no ocupaban dicho lugar. Estos, preocupados por el delito cometido y temerosos de que apareciese el tirano asesinado, sólo se limitaban a repetir unánimemente: Es Tierra del Moro.












LA SEÑORA DE BLANCO


LA SEÑORA DE BLANCO

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto” (Domingo Gómez Parra)


           La extensa quebrada, al sur de San Ramón, la quebrada de Taltal, también fue ruta del trafico caminero y tropero entre los changos, atacameños y coyas. Por allí subían llevando el pescado seco, mariscos deshidratados, conchas para ser utilizadas como adornos o herramientas en la artesanía textil y alfarera, allá en los pueblos de la Pacha Mama y las estancias solitarias de los coyas. También se transportaban estrellas de mar y otros, que eran (y aún lo son) utilizados como medicamentos muy preciados.

           Se supone además que ésta fue una de las rutas preferidas por expedicionarios, explotadores y aventureros para penetrar el desierto taltalino, buscando oro, plata y caliche. Fue esta la ruta de los enganchados y de los “flotas” y “trenes” que bajaban con las sales que abandonaban las tierras del mundo.

           Cuentan los viejos taltalinos, que a su vez, lo escucharon de sus abuelos, que en el cerro que se encuentra en la última curva antes de entrar al litoral rocoso, aparecía frecuentemente una hermosa, dulce y joven señora la cual, arrullada en una nube de camanchaca era llevada hasta la cumbre. Allí, uniendo sus manos, se hacía visible a quienes desde lejos la observaban.

           Paso obligado de quienes deseaban llegar hasta el puerto, muchos la veían caminar cubierta con su albo ropaje y una tenue luz como compañera inseparable. Ya se transformaba en una habitual, aunque esquiva, compañera. Sin embargo, quienes osaban intentar aproximársele, ya sea atraídos por su belleza, por su misteriosa figura o por la simple curiosidad, sólo obtenían que la hermosa señora y su luz desaparecieran.

           Con el tiempo, vecinos de las viviendas aledañas, ante el rumor que la misteriosa señora era la virgen, decidieron colocar en el cerro la imagen de Nuestra Señora de Lourdes, como una manera de perpetuar su presencia, amparando y protegiendo el puerto sur de la segunda región.







EL NIÑO POBRE


EL NIÑO POBRE.

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto” (Domingo Gómez Parra)

         En las noches paposinas, cuando los hombres se han internado en el mar, tras el congrio, el dorado y las variadas riquezas alimenticias que se acunan en la profundidad de sus aguas; cuando los niños-pastores han regresado desde los faldeos costeños, a los canales próximos al pueblo, cuando las mujeres reúnen al grupo familiar junto al calor de la cocina pobre. Entonces, dicen que…

         Era una vez un niño pobre, al que su madre todos los días enviaba “al campo” – el pedrerío de verdes espinas y cactáceas -, en busca de leña para la cocina. Con ella, la humilde mujer preparaba algunas comidas y tortillas. Una de estas entregaba a su hijo para que se alimentara durante el día.

         Caminando, caminando entregando miga tras miga a las avecillas que le acompañaban, el niño llegaba hasta un pozo con agua. Allí, cerca de él se tendía en el suelo para dormir largo rato; cuando, al comenzar a entrarse el sol en la gran laguna salada, el primer vientecillo frío lo despertaba para recordarle que debía reunir la leña necesaria para la cocina hogareña, entonces, regresaba a casa cargado de trozos de catáceas.

         Un día cualquiera, una de las avecilla que lo acompañaba en su larga y solitaria caminata le dijo:

        - Buen niño. Como tú eres el único que no “peñazquea” a los pajaritos y también eres el único que compartes tu comida con nosotras, te voy a regalar una varillita. Lo que tú le pidas a ella, te lo dará.

         Luego de agradecer el regalo, el niño, siguiendo su costumbre, se puso a dormir. Ese día quizás porque razón, cuando despertó era bastante tarde. Asustado, recordó la varillita, diciendo:

        - Varillita, por favor, usa la virtud que Dios te dio. Ayúdame… Que aparezca un cerro de leña y yo encima de ella.

        Y, entonces, comenzó a crecer un cerro de leña, con el niño encima. Con tanto ruido, toda la gente del poblado salió a mirar que ocurría y entre ella, la princesa. Cuando el niño la vio, enamorado de su belleza dijo:

         - Varillita, varillita, por las virtudes que Dios te ha dado, embaraza a esta princesa.

          Llegó el niño a su casa, entregándole el cerro de leña a su mamá.

         - Mamá, ahí tienes leña para nosotros, para que vendas y para que regales.

         Pasó el tiempo que tenía que pasar para que la princesa tuviera su hijo. El rey desesperado, enojado, rabioso, pensaba y también gritaba:

          - ¡Esto no puede ser!, ella estaba bajo siete llaves...No, alguien tiene que haber entrado...Si...la culpa la tienen las cuidadoras.

          - Voy a poner a este niño en un altar con una naranja de oro. Después haré pasar a todos los hombres donde esté el niño, como la sangre tira, el niño reconocerá a su padre. Ahí lo pillaré.

          El rey hizo lo pensado; el niño se puso a jugar con la naranja de oro, mientras los varones pasaban y pasaban frente a él. Al final de la fila, recién venía el niño pobre; cuando lo vio, el hijo de la princesa le tiró la naranja de oro.

          - ¡Ah!, niño travieso. ¿por qué le pegas tan fuerte a tu padre? - dijo el niño pobre.

          Entonces, el rey reconoció al padre de su nieto.

          -¡Este será el marido de mi hija!, dijo el rey.

          La princesa y el niño pobre se casaron. Fueron muy felices y el niño pobre no fue más pobre.








 

EL ESPÍRITU DEL PESCADOR


EL ESPÍRITU DEL PESCADOR

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto” (Domingo Gómez Parra)


           En las playas de Cifuncho vivía un pescador que, luego de regresar de la mar con los frutos de su trabajo, debía limpiar el pescado para llevarlo hasta Taltal, donde lo vendía.

           Un día se encontraba en esta faena, limpiando un pescado con un cuchillo grande cuando, en un instante de distracción, se enterró la filosa lámina de acero en una de sus piernas. La falta de ayuda oportuna y los precarios implementos disponibles le provocaron una gangrena que en corto tiempo, obligaron a cortar la pierna.

           La tradicional solidaridad de los hombres de la costa, le permitía continuar subsistiendo, con los alimentos que diariamente le llevaban sus amigos y excompañeros de labores.

            Esta fraternal rutina se rompió un día cualquiera cuando, al llegar hasta el rancherío del pescador cojo, sus compañeros comprobaron que ya no se encontraba allí.

             En las noches en las cuales pescadores y mariscadores se reúnen en las arenas de Cifuncho a compartir el rico “cachureo”, que luego les dejará tendidos durmiendo a “pata suelta”, algunos contertulios suelen señalar que han visto el espíritu del pescador arrastrando su única pierna por la playa, hasta perderse más allá de donde los grandes “tumbos” se elevan en un último intento por alcanzar las estrellas.












EL PULPO DEL MUELLE YANKI


 
EL PULPO DEL MUELLE YANKI

Del Libro “La Cultura popular del Litoral del Desierto”  (Domingo Gómez Parra)


             Hace muchos años en uno de los tantos muelles que existían en Taltal, durante su época de oro, en el auge del salitre, uno de ellos fue testigo de un accidente que costó la vida a un ingeniero norteamericano. Desde ese entonces, dicho lugar de trabajo es conocido como el Muelle Yanki.

             En sus proximidades funcionaba el matadero local, que no sólo abastecía al puerto, sino también a las oficinas salitreras y a las pequeñas estaciones ferroviarias hasta donde los pirquineros arrastraban sus piedras y rocas con sus entrañas de cobre, plata y oro.

             El muelle Yanki veía enrojecer constantemente sus aguas y es que hasta allí llegaba el desagüe del matadero, arrastrando sangre, cachos, trozos de vísceras, pedazos de cabeza y todo aquello que era considerado inservible.

             Con tan constante fuente de alimentación no fue problema que rápidamente aguas y roqueríos se fueran transformando en un gran e importante criadero de pulpos, los cuales muy bien abastecidos, adquirían dimensiones extraordinarias, especialmente uno de ellos, considerado algo así como el padre de todos.

             Todos los intentos realizados por los mariscadores de la orilla para cazar al pulpo-padre eran infructuosos. Ya fuera por la oscuridad del agua, la profundidad de la cueva que lo refugiaba o la extraordinaria fuerza del animal, todo se confabulaba para que el pulpo-padre no fuese cazado. Y el seguía creciendo.

             Dicen que en una oportunidad ancló en el muelle un barco que traía maderas para las oficinas salitreras, esperando llenar sus bodegas con salitre para emprender viaje al extranjero. Cuando ello ocurrió, echó a andar sus motores, sin embargo, durante un largo lapso no pudo realizar ningún movimiento. El pulpo-padre había enredado uno de sus grandes y fuertes tentáculos en la hélice de la embarcación, no sin antes arrancar un tentáculo del pulpo-padre.

             Cuentan los taltalinos más ancianos, que impresionada y alarmada la población por lo ocurrido, decidieron volar la cueva que servía de refugio al pulpo-padre. Desde el día que así lo hicieron cuentan que nunca más volvió a existir un pulpo de dichas características, desde entonces no ha vuelto a ocurrir nada extraordinario, en lo que fuera el muelle Yanki.